31 de marzo de 2013

El periodismo sudcaliforniano y la minería tóxica



Sandino Gámez
 

Con motivo de un foro informativo sobre los efectos negativos de la minería aurífera a cielo abierto, en su columna “Medios y remedios” el periodista Antonio Ceja publicó el 2 de marzo de 2013 en ‘Colectivo Pericú’ un ejemplo refinado sobre cómo aborda una parte del periodismo político sudcaliforniano los temas del ambientalismo y la minería tóxica. 

Las medias verdades sobre las que está construido su discurso son muy útiles para apreciar la enorme lejanía entre las aspiraciones de los habitantes de Sudcalifornia y este tipo de periodismo y el estilo comunicacional cercano a los proponentes de la minería tóxica. 

Estas mineras basan sus ganancias en el alto valor del oro a nivel transnacional. En general los yacimientos de oro puro han desaparecido y las reservas de oro se establecen y explotan a partir de minerales que contienen disperso un gramo de oro en una tonelada de roca. ¿Es posible que un gramo de oro pueda pagar el trabajo realizado para procesar una tonelada de roca? 

En Baja California Sur hay más de una decena de proyectos de minería a cielo abierto para extracción de oro. Después de que el Estado mexicano aceptó el Tratado de Libre Comercio para América del Norte, se estableció una Ley Minera contraria a los principios de la Constitución de 1917: reservó la tercera parte del territorio nacional para concesiones mineras, eliminó el cobro de derechos (o, bien, estableció unos simbólicos), dio carácter de utilidad pública a la explotación de minerales y le otorgó supremacía ante otras leyes, actividades económicas o formas de tenencia de la tierra. 

Actualmente más del noventa por ciento de las empresas mineras que tienen las concesiones de esta tercera parte del territorio nacional son extranjeras. En Baja California Sur se trata de filiales canadienses de empresas estadunidenses, todas cotizando en la bolsa Wall Street de Nueva York. 

Las concesiones tuvieron permisos de exploración desde la década de 1990. Pero hasta 2007 los proyectos se hicieron presentes. 

El primero fue Paredones Amarillos, previsto para funcionar en la zona de amortiguamiento del área natural protegida de la Sierra de la Laguna, la principal fuente de agua para los municipios de La Paz y Los Cabos. Fue recibido con una espontánea y vigorosa oposición social de cabeños, todosanteños y paceños. Luego de seis años no ha conseguido los permisos ambientales y ha permanecido con una singular estrategia de comunicación basada en el cambio de nombre: Paredones Amarillos > Concordia > Cardones. 

Después ha aparecido La Pitaya, en terrenos cercanos a Paredones Amarillos, y un par más, en Loreto y Mulegé. Es posible saber que existen porque hay asociaciones civiles, como el Centro Mexicano de Derecho Ambiental (CEMDA), que revisan diariamente las solicitudes de permisos ambientales ingresados ante la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT). Cuando aparece un nuevo proyecto a consideración de la autoridad ambiental, estas asociaciones  emiten comunicados a los medios y avisan a la población sudcaliforniana. 

Como los proyectos de minería metálica a cielo abierto transforman el paisaje, los ecosistemas y manejan enormes cantidades de sustancias tóxicas cada día, en ninguna parte son bien recibidos por la población que tiene información con tiempo. Así no sólo en Baja California Sur han tenido una negativa efectiva de la población local; en otros estados de la república y otros países latinoamericanos la sociedad civil los ha conseguido detener. 

Sobre esta experiencia, las empresas mineras gastan (¿le llamarán “inversión”?) enormes cantidades de dinero en estrategias de relaciones públicas, como caridad, clientelismo y propaganda. En algunos lugares sobornan a las autoridades locales, coptan a los medios de comunicación, dividen a las comunidades locales y generan violencia.

Por lo común en los países subdesarrollados las empresas mineras no pagan derechos sobre las ganancias. Así, en lugares como Baja California Sur sólo pueden ofrecer plazas de trabajo: “empleo”, le llaman.

A lo largo de los últimos cinco años, en nuestro estado hemos visto una campaña de comunicación de las mineras basada en la creación de empleos, es decir, en que debe permitirse la minería aurífera a cielo abierto porque genera empleos, en un estado con una gran proporción de desempleados. Pero también ha establecido una campaña no pública en la que ha intentado modificar la opinión pública a través de las líneas editoriales de algunos medios impresos y electrónicos, de reporteros, líderes de opinión y columnistas. 

Los lugares comunes de esta campaña son: negar la existencia de la minería tóxica, plantear que los beneficios de esta minería son mayores que los perjuicios, demonizar a los opositores y apostar a la ignorancia del público.

El motivo de la columna del 2 de marzo de 2013 (disponible aquí), es un boletín de prensa de cuatro organizaciones ambientalistas que un día antes realizaron el foro “Minería en México: Un análisis social, económico y legal”. Los ponentes invitados fueron tres: un especialista en los aspectos económicos de la minería, Dr. Gian Carlo Delgado; un activista de San Luis Potosí que explicó los efectos sociales que genera la minería tóxica, el Sr. Sergio Serrano; y un conocedor del ámbito político y legal de esta actividad económica extractiva: Mtro. Francisco López Bárcenas, autor del libro ‘El mineral o la vida: La legislación minera en México’, quien no pudo asistir.

Ceja comienza así su columna: “Nuevamente, los expertos en ecología programaron un evento donde se habló, según ellos, de la minería en el país.” (…) “Era de esperarse, desde luego, que dicho evento fuera sólo uno más para hablar en contra de la actividad minera (…)”. “Era de esperarse”, repite, porque los convocantes “son los mismos de siempre: Niparajá, Agua Vale Más que Oro y el Centro Mexicano de Derecho Ambiental; todas entidades no gubernamentales férreas y radicales defensoras del medio ambiente.” 

Sólo al seguir leyendo puede uno entender que Antonio Ceja considera la defensa férrea y radical del medio ambiente como algo negativo: “Es tal la cerrazón de estas entidades que los mismos boletines que envían sus voceros caen en la exageración y la carencia de sentido.” Ceja se explica: “Al término de dicho ‘análisis’ minero en México, el boletín (que todavía exigen se publique de inmediato) (sic) muestra en el encabezado lo siguiente: ‘Minería tóxica, un riesgo para BCS: expertos’.”

El uso del término “minería tóxica” es una manera abreviada para referirse a la minería metálica a cielo abierto que utiliza sustancias tóxicas para la prospección, explotación o el procesamiento de minerales de alto valor, como el oro. En el caso particular de los proyectos de minería aurífera para Baja California Sur está explicado minuciosamente por las mismas empresas mineras el uso continuo y masivo de explosivos y cianuro, así como la exposición y difusión al aire libre del compuesto arsénico debido a la remoción del suelo y la trituración de rocas. El titular del boletín del evento de hecho es muy moderado. En una entidad donde los acuíferos son muy escasos, que se practique la minería tóxica sobre, cerca o de manera próxima a las fuentes de agua es un asunto de vida o muerte no sólo para individuos sino para una sociedad entera. 

En un párrafo siguiente el columnista expresa en pocas palabras el dogma actual de los “periodistas” que están a favor (o bien, “que no están en contra”) de la minería tóxica: “Ya se ha dicho hasta el cansancio que la minería es una empresa de riesgo como cualquier otra; que genera contaminación como cualquier otra y que, desde luego, también genera economía para el país y sus habitantes.” 

Es extraño que de manera tan superficial se considere la contaminación del agua que bebemos en nuestros pueblos y ciudades, con arsénico o cianuro, como una contaminación “como cualquier otra”. Y en cuanto a “la economía” parece que el columnista no sabe que la actividad minera, particularmente la que extrae oro, tiene tales características a nivel nacional y a nivel de América Latina que sólo puede considerarse como una forma de tributación de un país hacia corporaciones transnacionales, particularmente estadunidenses. 

A la economía nacional, la minería aporta sólo el 1.1% del Producto Interno Bruto (CAMIMEX, 2009) y el 0.04% de los empleos (es decir, 18,068: INEGI, 2008). Por otra parte, genera 75% de todos los contaminantes descargados al suelo (Comisión para la Cooperación Ambiental de América del Norte, 2011).

Es recomendable leer u ojear el libro del Mtro. Bárcenas: ‘El mineral o la vida: La legislación minera en México’ (puede descargarse libremente aquí), para apreciar cómo la Ley Minera entrega prácticamente en su totalidad los beneficios de la actividad (particularmente la extracción y procesamiento de metales preciosos) al poseedor de las concesiones mineras, las cuales en casi todos los casos son empresas transnacionales, y otorga un nulo beneficio a la federación, los estados y municipios de la república. ¿Qué obtendrán los sudcalifornianos de las miles de toneladas de oro producidas? Dicen que 400 empleos durante diez años. Y los desechos tóxicos, claro, y la promesa de restauración de los lugares excavados. 

Si el columnista hubiera acudido al foro se habría enterado que el caso de San Luis Potosí que desdeña como el único tratado ahí “y no la actividad en contexto nacional” es el de la Minera San Xavier, el ejemplo más evidente que los proyectos de minería tóxica son una amenaza porque no respetan las leyes del país, usan métodos mafiosos y menosprecian a los habitantes locales. 

Ceja expone que hay una “terrible manipulación informativa de los opositores a la minería”, pero las evidencias muestran lo contrario: ¿Quién reparte en Baja California Sur un patético cómic anónimo que tiene por objetivo generar desconfianza sobre las ONG ambientalistas y los ciudadanos activistas? ¿Quién tiene más dinero para sostener una campaña propagandística de desgaste a favor de la minería tóxica en los exhibidores de publicidad callejera, los medios impresos y electrónicos? ¿Quién ha generado la división en las comunidades de San Antonio, Los Planes y ejidos cercanos con promesas de dinero? No han sido las ONG ambientalistas. 

“Lo más triste es saber que cuando se trata de intercambiar ideas sobre el asunto de la minería, la parte de los opositores al tema se encierran en su burbuja”. 

Pero ha sido lo contrario. En tres ocasiones se han realizado consultas públicas mediadas por la Secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT) en las que opositores y promoventes han expuesto sus argumentos y estudios. Precisamente por ello la autoridad ambiental ha negado la operación de esos proyectos. 

Tan fuerte ha sido la oposición social a la minería tóxica en Baja California Sur que incluso el anterior gobernador, Narciso Agúndez Montaño, negó el cambio de uso de suelo a Paredones Amarillos-Concordia en la comisión estatal forestal, con lo que el proyecto minero quedó detenido. Todos los candidatos a gobernador en la elección de 2005 se manifestaron en campaña contra la minería tóxica. Marcos Covarrubias Villaseñor, Joel Ávila Aguilar y Carlos Mendoza Davis firmaron una carta días antes de esa elección para comprometerse por escrito a que durante su gobierno no aceptarían proyectos económicos que afectaran las fuentes de agua y los ecosistemas del estado. El actual gobierno ha mantenido esta postura de manera pública. Hasta el XIV Ayuntamiento de La Paz, luego de grandes dudas, se decantó en una oposición formal a esta actividad extractiva. El Congreso del Estado también se ha pronunciado en contra aunque sus diputados se han mostrado inactivos en su función aduciendo que la legislación sobre la minería es de atribución federal (¿y la protección al ambiente, la salud y las fuentes de agua?). 

¿Acaso no es un asunto a destacar, en grandes titulares, que en Baja California Sur hay una pública y explícita postura en contra de la minería tóxica por parte de los ayuntamientos de Loreto, La Paz y Los Cabos, el congreso del estado, el gobernador, los secretarios de Turismo y de Desarrollo Social, y cuando menos de un senador? 

“Peor aún”, dice Antonio Ceja para concluir, “sólo se ven los ecologistas cuando les conviene. No se sabe nada de su postura y menos aún una propuesta para mitigar los incendios de los palmares de Todos Santos y del tiradero de llantas que se incendia con frecuencia. Nada han dicho sobre la famosa barda de PEMEX ni mucho menos la grave contaminación que genera la planta de la CFE en Punta Prieta. Tampoco se han manifestado por la contaminación visual y auditiva que aqueja a la ciudad ni han hecho propuestas para el manejo de residuos —basura— para que sean reciclados.” 

Aquí es donde puede uno estar seguro de que Ceja no forma parte de los puestos de empleo generados por las empresas auríferas en la comunidad, sino que llanamente desconoce lo que sucede en Baja California Sur. Los “ecologistas” se han quejado de manera pública, notoria y constante de todo eso que dice.

Ahora bien, ahí donde dice “ecologistas” debe entenderse: sudcalifornianos.

sandinogamezisc@gmail.com

28 de diciembre de 2012

2012, año de la lectura en Baja California Sur


Sandino Gámez Vázquez*

Leer es un derecho humano y constitucional. La lectura permite el acceso directo a las fuentes de la cultura y provee de una parte grande del patrimonio intangible que tiene unida a la nación: la historia y la lengua. Es una historia que nos otorga la noción de un pasado común y nos dota por lo tanto de un presente y un futuro compartidos. Es una lengua que permite abrevar en mil años de conceptos y tradiciones de pensamiento y acción, y sirve de puente hacia las tradiciones de otras lenguas.
Pero también hay un sentido práctico por el cual saber leer es un derecho humano y debe estar garantizado su acceso como una obligación del Estado: nuestra sociedad se basa en la letra escrita para plasmar los derechos sociales fundamentales.
Por sí sola la lectura se hace indispensable en la formación que una comunidad da a sus individuos: porque los hace ciudadanos que pueden conocer su tradición, su historia y sus derechos. ¿Hace mejores ciudadanos la lectura? Visto de una manera positiva sí: porque el conocimiento social adquirido por los lectores refuerza el compromiso con la comunidad y la obligación cívica. Aunque esto no sucede de manera absoluta: tenemos grandes lectores que han sido una desgracia para sus comunidades, para sus países o para el planeta. Así como iletrados, analfabetas y ágrafos que han sido causantes de las mejores cosas que hoy disfrutamos en el mundo.
Por ello la defensa de la lectura como derecho humano y constitucional no versa sobre su “bondad” en un sentido moral o ideal, sino por un sentido práctico y estratégico, para la nación o para el Estado, para la cohesión y prosperidad de nuestras comunidades, y para la convivencia armónica con nuestros contemporáneos.
El Estado, como administrador de la cosa pública, debe garantizar el acceso a la lectura y para ello requiere de instituir una política pública que fundamente los planes, programas y acciones de los tres poderes. Por lo común en nuestro país se confunde esta política pública con la política de gobierno, y se deja en este último la responsabilidad entera de garantizar el derecho. Sin embargo, el poder que hace las leyes y el poder que las interpreta también están obligados. La iniciativa de esta política pública, claro está, puede comenzar a generarse desde una política de gobierno, como está previsto en las leyes.
En el caso mexicano, la actual política de gobierno está contenida en la Ley de Fomento a la Lectura y el Libro, publicada en el Diario Oficial de la Federación el 24 de julio de 2008. Es un documento que evidencia sus limitantes desde el momento que se coloca de manera única dentro de las “garantías constitucionales de libertad de escribir, editar y publicar libros sobre cualquier materia, propiciando el acceso a la lectura y el libro a toda la población” (artículo tercero). Su propósito original es garantizar los derechos de quienes producen los materiales de lectura; y sólo indirectamente garantiza los derechos de los lectores. No define en momento alguno qué se entiende por lectura en esa normativa y es, en general, una ley declarativa de buenos propósitos y decorativa en sus consecuencias prácticas. Crea un consejo federal de fomento a la lectura y el libro, y obliga a los estados de la federación a hacer lo mismo.
En Baja California Sur, el Gobierno del Estado, presidido por Marcos Covarrubias Villaseñor (2011-2015), basado en esta ley federal instaló en octubre de 2011 el Consejo Estatal de Fomento a la Lectura. El consejo está presidido y técnicamente organizado por la Secretaría de Educación Pública de B.C.S., y se encuentra conformado por diversas secretarías, las direcciones de cultura de los ayuntamientos, diputados locales, representantes del Tribunal Superior de Justicia, representantes del gremio de comunicadores y de los escritores sudcalifornianos.
Por parte, la XIII Legislatura del Congreso del Estado aportó el borrador de una iniciativa de ley estatal de fomento a la lectura, muy similar a la ley federal. Además, significativamente, declaró al año 2012 como año de la lectura en Baja California Sur.
Ha transcurrido más de un año desde que comenzara este proceso de generación de una política de gobierno en materia de lectura en el estado y el avance ha sido sustancial, aunque poco visible: la reflexión sobre la ley, los programas y acciones de fomento a la lectura, y el conocimiento de experiencias distintas generó una toma de conciencia en quienes dirigen los organismos encargados de la política de gobierno sobre las implicaciones del fomento a la lectura y al libro. Por su parte, tanto el Consejo Estatal de Fomento a la Lectura como la Comisión de Asuntos Educativos y de la Juventud del Congreso del Estado han sido receptivos a establecer un planteamiento nuevo y sólido para dar origen a una política de Estado que no se encuentra en la ley federal. Como intentaremos mostrar en entregas siguientes, esta dirección incide benéficamente en el ámbito estructural de la sociedad sudcaliforniana, en lo cultural, la participación política y la productividad económica alrededor de la letra escrita.
En resumen, puede decirse que se cumplió, así sea en lo general, con el propósito del legislativo que decretó a 2012 como año de la lectura en Baja California Sur: comenzó la atención institucional en el tema. Las acciones que se realizaron en este sentido desde el Instituto Sudcaliforniano de Cultura y la Secretaría de Educación Pública tuvieron una utilidad de diagnóstico y ensayo.
Como veremos, este 2013, aunque no lleve un decreto de por medio, será el año del acceso a la lectura. Así quizá el 2014 podría ser el “año del libro” en esta California mexicana, todo depende de cuánta atención dedique ahora la sociedad civil sudcaliforniana, los ayuntamientos y los comunicadores de la iniciativa privada a este propósito de construir ciudadanos conscientes, informados y participativos para el mejoramiento de nuestras comunidades.


*Coordinador de Fomento Editorial del Instituto Sudcaliforniano de Cultura. sandinogamezisc@gmail.com.

26 de enero de 2012

El Caimancito: Una casa presidencial estatal



El Instituto Sudcaliforniano de Cultura se encuentra editando el libro ‘La casa presidencial del Caimancito’. La instrucción para realizar esta obra de carácter histórico provino del gobernador del estado, Marcos Covarrubias, como una idea original para celebrar la remodelación del equivalente sudcaliforniano de la casa presidencia federal de Los Pinos.

El Caimancito, como es bien conocido, fue construido con dinero de la federación durante la presidencia de Miguel Alemán (1946-1952), que coincidió con el periodo de Agustín Olachea como jefe político del Territorio Sur de la Baja California (1946-1956). Miguel Alemán, el constructor de Acapulco, se había hecho de grandes extensiones de tierra en las cercanías de La Paz, así como Agustín Olachea en El Mogote, previendo sin duda que llegaría un día en que la bahía sudcaliforniana alcanzaría el destino de la bahía guerrerense.

¿Cuál es el papel que tuvo la casa presidencial del Caimancito en la vigorosa vida cultural que tuvo la ciudad de La Paz en la década de 1950? Baste decir que en ese lugar en 1958 se escenificó teatralmente por vez primera el desembarco de Hernán Cortés, dando por formalmente inaugurada la celebración de las Fiestas de Fundación de La Paz que el gobierno del estado y el ayuntamiento de La Paz están obligados por tradición a organizar cada 3 de mayo.

La casa presidencial fue entregada como un obsequio material y simbólico de la federación al nuevo Estado Libre y Soberano de Baja California Sur, nacido en 1974. La transición de una casa de descanso del presidente de la república a residencia protocolaria del gobernador del estado sudcaliforniano fue un homenaje federal a la soberanía y el orgullo estatales. Así como el presidente tiene la casa presidencia de Los Pinos en Chapultepec, así el gobernador de Baja California Sur debía tener El Caimancito.

Para lo que queremos reflexionar aquí debe recordarse que la casa presidencial de Los Pinos fue establecida por el presidente socialista Lázaro Cárdenas, para evadir el aura monárquica que tenía el Castillo de Chapultepec debido a su uso como residencia y despacho por Maxiliano de Habsburgo, Porfirio Díaz y Álvaro Obregón. También por los inconvenientes prácticos de vivir en Palacio Nacional, como lo habían hecho Benito Juárez o Francisco I. Madero. Los Pinos fue, en este sentido, como muchas de las acciones del cardenismo: un acto concreto para marcar distancia con el pasado autoritario y al mismo tiempo para facilitar la tarea de gobierno.

Un propósito o justificación similar, o al menos una parte de ella, debió ser el motivo por el cual el quinto gobernador sudcaliforniano, Leonel Cota, determinó la conversión de El Caimancito en un espacio público ajeno al protocolo gubernamental. Junto con la venta del avión del gobernador y la transformación del edificio usado en comodato por el Partido Revolucionario Institucional en Albergue de Asistencia Social (administrado por el DIF estatal) para los usuarios foráneos del Hospital Salvatierra, la acción del quinto gobernador planteaba un mensaje sobre la dirección de su política y su alejamiento del cuarto gobernador, Guillermo Mercado.  La casa de El Caimancito primero se remodeló para que funcionara como un acuario y después como centro de convenciones. Ambos proyectos fracasaron y el lugar quedó semiabandonado. Luego, durante el periodo de Narciso Agúndez vio perder medio kilómetro de playa y arrecifes, por la privatización del terreno destinado a crecimiento futuro.

La remodelación que ha iniciado este año, además de las simbólicas, tiene justificaciones económicas: los integrantes del gobierno del estado, el congreso y el tribunal superior de justicia requieren de un recinto para recibir de manera protocolaria a sus pares de la federación, de otros estados y de otros países. El gasto de dinero público por la renta o acondicionamiento de locales, hoteles, restaurantes, salones o centros de convenciones se verá así disminuido, al menos en la capital del estado.

En cierta forma, es un nuevo inicio de la historia de esa casa. Estamos seguros que la investigación organizada por la directora del Archivo Histórico del estado, maestra Elizabeth Acosta, y la redacción encargada al escritor Christopher Amador —en su calidad de coordinador de la Red Estatal de Bibliotecas y reconocido autor de un gran número de composiciones literarias— generará investigaciones e interpretaciones subsiguientes sobre sus cualidades prácticas y sus usos simbólicos.

Las casas de gobierno no son meros edificios de habitación y oficina del ejecutivo o jefe político en turno. Su arquitectura y ubicación dan un mensaje claro sobre el uso del poder público: la “casa del rey”, único edificio administrativo remanente de la época colonial en La Paz, construida en piedra, fue destruida por el ejército estadunidense antes de abandonar la península luego de la invasión de 1846-1848. En 1881 la primera casa de gobierno del jefe político local fue construida adyacente a la plaza principal, hoy Jardín Velasco, de frente a la catedral. Su destrucción en la década de 1960, bajo criterios de ruina estructural, fue vista como una afrenta por los sudcalifornianos. Fue decidida por un jefe político que por sus acciones prepotentes hizo renacer el Frente de Unificación Sudcaliforniana, un comité ciudadano que se creó con gran prestigio durante el gobierno de Francisco J. Múgica (1941-1946). La agrupación de los años 1960 fue continuada por el movimiento Loreto 70 que, al igual que la anterior pero con otros protagonistas, enarbolaba la demanda de “gobernador nativo o con arraigo”. ¿A qué se debió que una de las primeras acciones del primer gobernador de Baja California Sur, Ángel César Mendoza Arámburo fuera reconstruir la casa de gobierno y abrirla como espacio público para uso cultural en 1981? ¿Acaso no fue por un clamor popular? (Hay preguntarse también por qué todos los gobiernos dejaron inconclusa la construcción: nunca cerraron la cuadra e incluso hoy una asociación de comerciantes la usufructúa como estacionamiento y proyecta una plaza comercial privada.)

No sólo tienen significado la estructura física o la ubicación geográfica del edificio público donde despacha o reside el gobernador o jefe político: también la manera como se le denomina. Por ejemplo, lo que conocemos hoy como el Centro Cultural La Paz, fue hasta 2005 Palacio Municipal. Pero cuando se construyó e inauguró en 1910 se le llamaba oficialmente Casa de la Ciudad, y desde ella despachaba el presidente municipal de La Paz. ¿Cuál es la diferencia entre una Casa de Gobierno y un Palacio de Gobierno? ¿O entre una Casa de la Ciudad y un Palacio Municipal? La respuesta es ideológica: la denominación de “palacios” para los recintos administrativos o de protocolo de los jefes políticos es una reminiscencia colonial y monárquica que los gobernantes locales sudcalifornianos evitaron entre 1881 y 1914. El uso de la denominación “casas” —aunque los edificios no tuvieran el uso habitacional de la autoridad política sino el meramente administrativo— elimina el carácter aristocrático y establece uno republicano. En las repúblicas, como se sabe, todos los ciudadanos son iguales ante la ley y se gobiernan con un presidente, una palabra que significa: ‘el que se sienta primero’.

¿Pero quién vive o despacha en un palacio?

Esta es una reminiscencia virreinal que también permanece en la denominación de “gobernador”. Cuando se decretó la república como forma de gobierno en México en la primera constitución política (1824) se eliminó el título de emperador y el resto de las denominaciones aristocráticas, y se estableció el cargo de “presidente”. También se sustituyó el de “alcalde” por “presidente municipal”. Pero se conservó el nombre y cargo de “gobernador”. La estructura republicana mexicana: presidente de la república > gobernador > presidente municipal, claramente tiene un fallo de coherencia. El gobernador de una entidad federativa, desde el nombre, se le están otorgando cualidades no republicanas que hacen muy evidentes las fallas democráticas en la composición del poder al interior del Estado, en nuestro caso el sudcalforniano.

Parecerá ingenuo creer que modificar el título del jefe del poder ejecutivo estatal redundará en una mayor democratización de la vida política local, pero al menos sería una curiosidad notable a nivel nacional: sólo los sudcalifornianos tendríamos un “presidente estatal”. Así podríamos presumir de contar con un “Presidente de los Estados Unidos Mexicanos”, un “Presidente del Estado Libre y Soberano de Baja California Sur” y cinco “Presidentes de los Honorables Ayuntamientos”. En cierta forma sería un acto de demostración de la auténtica soberanía y libertad del pueblo sudcaliforniano.

Pero más notable sería que los sudcalifornianos y sus gobernantes tuvieran así siempre presente el propósito general de la separación de los poderes del Estado y el propósito particular de la concentración del Poder Ejecutivo estatal en una sola persona.

En este sentido podemos ver que el título escogido por los editores del libro proyectado por el Instituto Sudcaliforniano de Cultura es gratamente apropiado. El libro ‘La casa presidencial de El Caimancito’ quizá marque así el inicio de una renovación no sólo física sino simbólica y política para un estado de la nación mexicana que cumplirá cuarenta años de edad el 8 de octubre de 2014.

¿A quién no gustan los cambios que mejoran lo que disfrutamos todos? Nuestra vida política, los espacios públicos, el fondo y la forma.

Finalmente, ante tan relevante misión que tienen los investigadores asignados a la edición del libro, es sencillo prever el buen éxito de sus esfuerzos. Tanto Acosta como Amador han realizado ediciones de libros muy importantes o significativos antes. Basta con mencionar ‘La guía familiar de Baja California (1700-1900)’ —editada recientemente por el Archivo Histórico que lleva el nombre de su autor Pablo L. Martínez— y el primer libro sobre Víctor Bancalari, un muy conocido pero hasta ahora poco leído escritor sudcaliforniano: ambos son iniciativas de Acosta, la primera, y de Amador, la segunda.

Insistimos en expresar nuestra esperanza de ver aparecer múltiples esfuerzos de investigadores particulares y especialistas académicos que secunden la labor de estos comprometidos y capaces servidores públicos del Instituto Sudcaliforniano de Cultura.

sandinogamez@gmail.com

6 de enero de 2012

El palacio de hierro


 Todo ciudadano debe saber quiénes son sus gobernantes. Especialmente los de las ciudades, especialmente los de las capitales. Este conocimiento es obligatorio porque cumple con una promesa hecha hace mucho tiempo por nuestros patres, para que nosotros en el presente viviéramos con algo de tranquilidad, lejos de la guerra y cuidadosos con nuestros hijos. El campo —los habitantes de lo que no es ciudad— ha guardado este compromiso siempre, en la guerra defendiéndonos y en la paz alimentándonos. La ciudad, por supuesto, también devuelve beneficios. El problema es cuando la ciudad declara, por así decirlo, una campaña contra el campo, encareciendo las medicinas, oprimiendo su vida y explotando indecorosamente su trabajo.
Nuestros campesinos distan mucho de ser esclavos pero, para evidenciar el abandono en que los citadinos tendemos a dejarlos, conviene recordar la famosa revuelta de Espartaco en los tiempos de la república de Roma, las rebeliones campesinas en Alemania en el siglo XVI, en Francia, España y México a principios del XIX, y nuestra revolución de 1910. La única relación entre todas ellas se encuentra en que han sido manifestaciones armadas que sucedieron cuando había una gran opulencia en las ciudades y una gran miseria en el campo.
 La revolución mexicana de 1910 es ejemplo que podemos ver más de cerca y que fácilmente mostrará la silueta de lo que indico: en el momento de mayor esplendor de treinta años de paz porfírica, de lujo francés y bienestar material, las fuerzas del subsuelo salieron a la superficie, el pueblo rural derribó la puerta y la fiesta terminó.

Los intelectuales de la época, citadinos y encadenados al orden imperante, hablaron entonces de las fuerzas del subsuelo que subían para apagar las luces de la superficie. Era la barbarie en un nuevo embate contra la civilización. Eran los bárbaros zapatistas que venían a destruir el jardín japonés que cultivaba el brillante poeta José Juan Tablada en su casita de San Ángel. Era el indio ignorante que pensaba que el "mayor estropicio" era uno de sus oficiales. Véanse las letras que acompañan las fotos de Casasola de la toma de la Ciudad de México en 1914 para apreciar en pequeño el gran desprecio que sentía la clase alta y sus siervos de las ciudades sobre quienes vivían en el campo.

Nadie esperaba la gran rebelión. Ocho años antes, el hacendado Francisco I. Madero había predicho que los conflictos de la clase política, de no ser resueltos bajo los principios de la democracia (liberal y burguesa, claro), terminarían por desencadenar el caos, la anarquía. Madero no era profeta preciso, puede verse en La sucesión presidencial de 1910: él se refería al militarismo, no a la irrupción armada de la clase campesina, cansada de sostener sobre su espalda el progreso de la nación.

Por supuesto, hay que tranquilizarse, todas las revueltas campesinas han sido sofocadas tarde o temprano, aniquilando al caudillo o a sus seguidores, o deportando en masa a sus niños y mujeres. Como demostraron los yaquis de Sonora, los mayas de Yucatán y los zapatistas de Morelos, los campesinos no pueden alejarse mucho de sus tierras. Por ello siempre la solución ha sido atacarlos desde la base, destruyendo su estructura como grupo. Con la excepción de Lázaro Cárdenas, todos los gobernantes mexicanos en casi dos siglos han resuelto el problema campesino por la fuerza, sin llegar siquiera a concebir que había otra causa para las rebeliones que una "natural inclinación de los ignorantes por la violencia".

El uso de la fuerza, con la amplitud que puede ofrecer la eficiencia de un Estado, puede detener por años el descontento campesino; pero, como ya se ha visto más de tres veces en el curso de nuestra historia, una vez que se debilita la clase política decae también la correcta administración de la fuerza y empieza a subir la marea.

No es difícil considerar que nuestros días tienen una circunstancia muy diferente de las décadas anteriores, de los treinta años de Porfiriato o todo ese periodo anterior a la Reforma que parece tener poco o nada que ver con el México del presente. Lo cierto es que es el mismo país, las condiciones son similares y la nuestra ha sido una historia ininterrumpida. La diferencia estriba en que hoy el México rural es pequeño en comparación con el pasado. Si antes de 1930 sólo un veinte por cierto de la población vivía en las ciudades, hoy hay una relación casi inversa: un treinta por ciento a lo más radica en el campo. De esta forma cualquiera podría concluir que ya no es posible una rebelión como las sucedidas en la revolución o en la independencia. Los cristeros, la guerrilla de Lucio Cabañas en Guerrero, los zapatistas de Marcos en Chiapas, han sido focos aislados que obedecen a intereses diferentes de los que pueden exigir los campesinos.

Pero esto no es cierto.

La exigencia violenta es verdad que ha sido poco frecuente y todavía más rara la ocasión en que su envergadura ha hecho peligrar el estado de las cosas. Pero ha habido una demanda continua a través del aparato legal, con la protesta pacífica o con la resistencia civil. Los archivos de los gobiernos estatales y nacionales de dos siglos guardan miles de peticiones hechas por los pueblos indios, por comunidades campesinas o por organizaciones agrarias, para que se instaure la justicia o para que se derogue aquella ley que planea la destrucción de su forma de vida.

Hoy el campo mexicano se va despoblando. El Tratado de Libre Comercio y las políticas neoliberales han tenido éxito en su propósito de convertir a los campesinos mexicanos en proletarios oferentes de mano de obra barata en Estados Unidos. Desde De la Madrid, los gobiernos títeres han trabajado a conciencia para destruir la independencia alimentaria de México. Ahora el país no produce lo que consume, tiene que importar una cantidad cada vez mayor de granos básicos, de carnes y de leche. ¿De dónde?, de los campos agrícolas estadunidenses, donde trabajan los mexicanos emigrados. Un círculo perfecto.

Los secretarios de Agricultura de los últimos dos sexenios se han reconocido a sí mismos como agentes comerciales importadores de granos de Estados Unidos a México; han defraudado a la nación pasado por alto el cobro de aranceles establecidos en el TLC para proteger la producción local y han descapitalizado y prácticamente despojado a los pequeños agricultores.
Cualquier país con una clase política mínimamente patriota hubiera visto que todas estas acciones están encaminadas a agregar a la dependencia económica una dependencia alimentaria. Una nación que no puede alimentarse a sí misma se encuentra en el momento último de su existencia como tal, a punto de mendigar o prostituirse para no morir de hambre.
Curiosamente, quienes mendigan y se prostituyen son nuestros gobernantes y sus secretarios de Estado. Para no morir de hambre, para no prostituirse ni mendigar, las mujeres y hombres de campo mexicano trabajan fuera de su país y sostienen con su salario a los que se quedan.
Los hombres y las mujeres de la ciudad deberíamos tener presente estas condiciones no sólo al ir al mercado a comprar víveres o al ver en televisión el fugaz reporte de una manifestación en algún remoto pueblo de Oaxaca. No sólo al despreciar a quien desprecie el trabajo campesino o el perfil indígena de quien trabaja en los campos agrícolas. Es nuestro deber vigilar las acciones de nuestros representantes y funcionarios públicos para que manden obedeciendo y para deponerlos cuando se alejen de los intereses colectivos y se acerquen cada vez más a los privados.
No sucederá, como podría pensarse, que en lo mejor de la fiesta venga una nube de enmachetados a tumbar la puerta. El machete, lo demostraron los campesinos de Texcoco, es sólo un símbolo de la dualidad de la vida del campo: herramienta y defensa contra alimañas.
Si abandonamos el campo mexicano, permitiendo que se encarezcan los alimentos, que los gobernantes hagan negocios con la función pública y se concentre la riqueza en pocas manos, quien terminará la fiesta con un delicado llamado a la puerta serán fusiles extranjeros (o nacionales verde olivo, da lo mismo), sólo para dar aviso a los presentes que vienen a proteger la fiesta de una multitud de desheredados que se acerca.

30 de octubre de 2011

Guión visual para el video musical “Besitos en el cuello”, interpretado por los Grandes del Pardito


Pasa un tiburón ballena.

Una pareja de buzos lo observan. Ella lo toma de la mano como para llamar su atención. Está emocionada por el gran pez. Él se estremece al contacto.

En la lancha, al quitarse de la cabeza el equipo, a ella el cabello le cae húmedo sobre un hombro; lo exprime y alcanza a ver que él, todavía con el neopreno, la mira desde el timón un instante para luego ocuparse de prender el motor. Hay alguien más sobre la embarcación, pero sólo se aprecia que arregla el equipo en javas de plástico. Ella voltea a su cabello y al horizonte. Se ven los cerros de la ensenada de Cabo Pulmo en el instante que el sol entra detrás de ellos.

Hay sonrisas en la playa. Mientras él y el otro empujan la lancha para salir del agua y se les une un señor mayor, ella corre hacia una pareja que la espera en la parte seca. Es un gringo viejo, la señora es trigueña, de cincuenta, guapa, indefectiblemente mexicana, ambos vestidos al estilo de Todos Santos; la joven se lanza a los brazos abiertos del gringo.

El padre paga al señor mayor de la lancha y el tercero sobre la embarcación lleva cosas hacia la caja de una Titán blanca. Ella ayuda a la mujer a subir al estribo, deteniendo la puerta y dándole el brazo. Platican muy sonrientes.

Él la mira mientras enrolla una cuerda o manguera a lo largo de su brazo.

Antes de entrar al carro, ella lo mira, le sonríe sin verle y entra.

Él también apenas sonríe, pero su sonrisa se amplía.

Pasa un grupo de mobulas. Los buzos se agitan y las señalan, sólo uno se mantiene igual.

En la playa, mientras el grupo se despide del señor mayor, él enrolla una cuerda y mira el horizonte con el sol cayendo. Alguien se despide de él y él asiente.

Va en una Toyota Pathfinder café subiendo el cerro de Cabo Pulmo. Luego baja el llano-arroyo de La Ribera. Pasa por la virgen de San Bartolo. Deja cruzar unos niños en El Triunfo. Antes de la Y mira pasar un grupo de caballos y toma el camino de Todos Santos. La picap ve la Casa de la Cultura y la Misión. Pide una dirección. Le señalan. Se estaciona frente a una casa antigua con huerta.

En una imagen en retroceso de su viaje (como en un ánime de samuráis) se ve como él sale de la casa de Milo en Cabo Pulmo (una casa que es un cámper, con una ramada, junto a un cuarto en construcción). Y es Milo, el señor que cobra, quien lo despide.

Duda, pero toca la aldaba.

Es el gringo viejo quien abre. Le sonríe, algo le dice con amabilidad, pero cruzado en el umbral no hace ningún movimiento que signifique que lo va a dejar entrar. Él se despide sonriente, algo apenado, enseñando una palma al voltear la espalda hacia su carro. El gringo quita la cara sonriente ante la espalda.

Está cargando gasolina en la estación de Todos Santos, mirando hacia el frente pensativo. En la bomba de al lado se coloca un Nitro nuevo, con los vidrios abajo, manejado por un júnior. Hay tres jóvenes mujeres en el carro, con arreglos de fiesta, una adelante y dos en el asiento trasero. El júnior abre la puerta, baja, dice algo al de la gasolinería, cierra y se encamina al baño.

Él está viendo el Nitro. Ella está en el asiento de copiloto, mirándolo a su vez con grato asombro. La mira como si un objeto de vidrio estuviera a punto de romperse. Las demás muchachas también lo miran. El hechizo acaba cuando ella prevé la llegada del júnior, que entra serio al Nitro. Ella queda oculta detrás de su cuerpo. Las demás chicas vuelven a su expresividad festiva. Le cierra la perspectiva de la ventana el cuerpo del empleado. Le está dando una nota.

El Nitro se aleja, pero alcanza a ver su perfil y una sonrisa. Su cara se ilumina.

Es un baile de plaza donde tocan Los Grandes del Pardito. Él está con sus amigos, todos vestidos al estilo de Santiago (todos con nada en las manos). Está explicando con los brazos el acercamiento a una manta gigante. Los amigos dejan de prestarle atención y miran discretos hacia su espalda. Él se voltea y la ve con sus amigas, vestidas como jóvenes de San José. La cara de ella es una interrogante. La de él (los amigos como a punto de arrojarse en precisa picada hacia el agua) como a punto de ver romper algo ya roto. Pero ella sonríe (y las amigas a su detrás se carcajean). Sólo se ve cómo a él —luego de un discreto suspiro— se le ilumina la cara.

El penúltimo tiro: los dos grupos juntos en la plaza viéndolo contar sobre la mantarraya, ella muy cerca de él, detrás mirones (volteando hacia los músicos y de espaldas a la cámara) y enseguida el baile (o los bailadores), detrás los Grandes, sobre un escenario, detrás la iglesia de la misión de San Javier y detrás el gran cerro con el tono de la tarde. Es 3 de diciembre.