22 de octubre de 2008

José Soto Molina

Luego de ver que ahora son extranjeros quienes construyen ciudades en Baja California Sur, Cd. Constitución asemeja el último proyecto nacionalista de una época en que la tierra era la base de la vida ciudadana de este estado (y no la venta de la tierra a extranjeros, como ahora). Trazadas en cuadrícula a mitad del semidesierto (nada más falso de que ahí hay nada), sus anchas calles arboladas con altos eucaliptos (que a veces sueltan ramas a causa de los vientos) quedaron atestiguando las grandes esperanzas de sus constructores. Todavía su paseo de pinos salados —idéntico en función, colocación y forma al de Insurgentes— recuerda un objetivo: hacer agradable la estancia a los nuevos habitantes.

Era una visita por trabajo. Había que sortear los charcos remanentes de los recientes ciclones, tener la suerte de un suelo húmedo, sin embargo; caminar por la plaza bajo los árboles lustrosos por el agua, ver que hay menos sombreros y que se sigue pareciendo en los acentos y los colores de la piel y fachadas a Cd. Obregón, en pequeño. Todo fue uno. La diferencia es la reconstrucción del bulevar central, carretera transpeninsular, paseo transconstitucional: se rompía un poco el encanto. El palacio municipal, un pie de casa de palacio, guardado por un busto de bronce sospechoso de Carranza, el constitucionalista, contrastaba también con el campo deportivo, también construido en los setentas, vigilado a lo lejos por la estatua enorme de Agustín Olachea, el Francisco J. Mújica de los cincuenta del Valle.

El palacio, a eso iba, en obras como la carretera, tiene detrás una biblioteca y en seguida una serie de escuelas. Ésta, que podríamos llamar la biblioteca central constituyente, está bien acondicionada y atendida. A ella iba.

Sólo tenía unas horas para encontrar a José Soto Molina, cronista e historiador ahora sin sueldo del municipio (en serio, no tienen cronista por no poder o no querer pagarle un sueldo). Como en historia artificial, sólo tenía de él sus referencias culturales y no su domicilio: los cuentos de Califerne, la edición facsímil de la biografía de Bibbins sobre Manuel Márquez de León, los ensayos en ‘Alternativa’, sus raras visitas a mis padres.

Comondú en otro tiempo era tan próspero que con cincuenta mil habitantes bien distribuidos por el municipio tenía varios periódicos, prensas, cine, bailes, un concierto una vez de Agustín Lara, y una fértil discusión ideológica en prepas, sindicatos y asociaciones de propietarios. José Soto de todo esto ha escrito y publicado, y tiene mucho material inédito.

Hoy que hay miles de antenas para televisión de paga, pero ningún diario y una sola revista, una sola estación de radio, y estando ahora fuera de la liga de Beisbol del Pacífico, un intelectual como José también viene sobrando, no es valorado y, pese a todo, sigue produciendo.

Lo busqué sin encontrarlo ya muy tarde o en domingo, preguntando en las sucursales de los diarios, en una de las dos únicas oficinas abiertas del Ayuntamiento (la otra era la del alcalde). Todos lo conocían pero no lo suficiente para darme un dato que me llevara a verlo. Sólo el bibliotecario recordaba uno de sus libros. Creyó que yo le preguntaba por uno de los libros de José Soto y no por su persona.

Esperaba un teléfono o la noción de su domicilio, porque no contesta nunca los correos y me hubiera gustado darle una sorpresa. Fui yo el sorprendido: el bibliotecario no encontró ninguno de sus libros. Me dijo que lo conocía de vista porque sus hijos lo esperan o él esperaba a sus hijos leyendo en la biblioteca. En eso llegó la directora de la biblioteca. Él preguntó si no había visto esos libros; con gran rapidez le respondió que habían sido “dados de baja”. Mi amigo el bibliotecario se puso sombrío. Pregunté si significaba que ya no estarían disponibles al público y que por tanto podría regalarme alguno. Me llevó más atrás de ese único estante donde ponen los libros de escritos o escritores sudcalifornianos (tampoco estaba Gilberto Ibarra).

Había como un pasillo o antiguo baño lleno de cajas apiladas casi hasta el techo. “Habría que buscar en eso”, dijo muy resignado a no intentarlo. Recordé la historia de Víctor Ramos sobre cómo terminan esos libros rescatados de la basura o enviados hacia el basurero. Pensé en la historia del Valle de Santo Domingo, una historia desde la política muy digna de un cronista municipal a sueldo y editada modesta como corresponde a un ayuntamiento en crisis. Todo ese esfuerzo constituyente retirado de la biblioteca principal de Constitución y negada su presencia en otros municipios.

Salí ligeramente desconcertado. “Un árbol grueso se corta a sí mismo las raíces”. Hice una imagen en la cabeza para acordarme de esto, a la vez que iba buscando también esa palabra antónima de la acción de constituirse. No encontré a Soto como deseaba. Me encontré su doble ausencia doblemente.

Por eso decidí arrojarle este recado. Para ver si un día Constitución se digna y Soto responde.

2 comentarios:

chispita-30 dijo...

No se que nos pasa... Creo que es una gran apatía que consume el deseo de aprender a conocer el lugar de cual provenismos. En lo personal, mi deseo de acercarme a la historia de mi pueblo es reciente, pero mi amor a esta tierra siempre a existido. Yo también estoy en busca de Soto Molina y espero tener éxito. A mi conocimiento, lo que leí fue una crónica, la cual me pareció una muy buena redacción, lo cual no coincide con el objetivo ahí descrito, bueno, espero y no sea por siempre así.

Ulises dijo...

Excelente narrativa. Un gusto leerle. Yo no estoy en busca de Soto de Molina pero si de mi otra historia. La de mi pueblo. Soy arquitecto y tengo interés en desarrollar un proyecto para Cd. Constitución.